martes, 26 de noviembre de 2019
Ahí estaba ella, esa maravillosa mujer con su chaqueta roja cubriendo sus hermosos pechos redondos y naturales que cada vez que los veía la emoción entre mis piernas crecía, pero nada como sus ojos y su forma de mirar junto a su sensual boca que hacía que quisiera correr a tocarme pensando en ella y jadear su nombre a cada instante, la deseaba tanto y quería hacerle el amor con tanta devoción. Era la mujer más bella y ardiente que había visto, me encantaba y yo me moría por ella, yo no era el hombre más bien parecido pero me gustaba pensar que podía encender su imaginación con mi piel. Quería besarla y acariciar cada milímetro de su cuerpo sin dejar una sola célula y un solo átomo sin recorrer, quería darle tanto placer con mi boca entre sus piernas como fuera posible y que me mojara, verla mientras tenía sus hermosas piernas a mi disposición y yo no quería parar de amarla, simplemente con mis caderas y mi virilidad hacer el resto de la tarea, escucharla gemir con su hermosa voz era música para mis oídos, interrumpida solo por el contacto de mi boca con la suya y saboreandola como si fuera la fruta más dulce al igual que cuando le hacía el más delicado pero tan apasionado sexo oral, y ella me correspondía igual, chupándome y comiéndome que pensé que acabaría escurriendo en su boca en más de una ocasión, me retorcía y hacía fuerza para aguantar porque quería que me sintiera dentro de ella, sentir la belleza de su trasero perfecto, sentir los latidos de su corazón junto a los míos en esa cercanía y abrazos, sentir su respiración agitada chocar con la mía, sentir su cabello largo y negro en contraste con mi calva cabeza, sentir un orgasmo tan intenso lleno de deliciosa humedad, sentir que el tesoro más grande del universo está entre mis brazos a pesar de estar en esta soledad y en esta distancia
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